Unidad 1. ¿Qué es la filosofía? La caverna de Platón y nuestro mundo.

https://losapuntesdefilosofia.com/
LOS APUNTES DE FILOSOFÍA (1) – 1º de Bachillerato

Apuntes en PDF: Unidad 1. ¿Qué es la filosofía? La caverna de Platón y nuestro mundo.
Archivo en PDF con el guion y las instrucciones para los trabajos de lectura.
  • LECTURA PARA ESTE TEMA (para realizar en las sesiones en las que se permanezca en casa): “El conjunto de la filosofía”, capítulo 1 de Manuel García Morente, Lecciones preliminares de filosofía, Editorial Porrúa, México, 1980. (DIFICULTAD MEDIA). [Descárgalo AQUÍ exclusivamente para uso educacional].

Posibles temas para disertar tras la lectura: ¿qué es el amor? ¿el conocimiento nos hace más felices? ¿es posible conocer las cosas sin tener una vivencia de ellas?

___

23 de septiembre de 2020

Unidad 1. ¿Qué es la filosofía? La caverna de Platón y nuestro mundo.

¿Qué es la filosofía? Vamos a comenzar el curso leyendo y reflexionando sobre un pasaje muy famoso de la historia de la filosofía: la alegoría de la caverna, escrita por el filósofo griego Platón allá por el siglo IV antes de Cristo. Una alegoría, según el diccionario de la Real Academia Española, es “una ficción en virtud de la cual un relato o una imagen representan o significan otra cosa diferente”.

Esto significa que Platón (Πλάτων) -que era llamado así por lo ancho (πλατύς, platýs) de sus espaldas, aunque su nombre verdadero era Aristocles- quiere explicar a sus lectores -a nosotros, en este caso- algo mediante un relato inventado. ¿Y qué es eso que nos quiere explicar Platón? Pues nada menos que el significado de la filosofía, además de muchas otras cosas, como nuestra propia condición humana, el significado de una verdadera educación o el propio concepto de realidad.

Nuestro punto de partida: encadenados dentro de una caverna sin saberlo.

Cuenta Platón que unos hombres permanecen desde niños en el interior de una caverna, encadenados de pies y manos, y obligados siempre a mirar hacia la misma pared, una pared en la que se reflejan sombras de cosas del mundo: sombras de caballos, de personas, de jarrones, de árboles… Estas personas nunca han visto otra cosa desde su nacimiento. Suena raro, ¿verdad? Es un relato muy antiguo. Podríamos imaginarnos que los prisioneros se encuentran en un cine, o dentro de un programa de realidad virtual, con sus trajes de realidad virtual, que les permiten vivir en una simulación, aunque no son conscientes de ello. Las sombras que observan estos peculiares prisioneros son resultado del reflejo de unas figuras que van portando unas personas que se encuentran detrás de los encadenados, separados de ellos por un muro bajo, un tabique que hace que no se detecte el teatro que están viviendo los prisioneros. 

Detrás de las personas que portan figuras hay un fuego, que permite que se proyecten las sombras que han visto los prisioneros desde su nacimiento. En un momento de la historia, uno de los prisioneros es liberado y forzado a mirar hacia atrás, a descubrir el engaño del que ha sido objeto toda su vida…

Leif Czerny, Höhlengleichnis

Qué extraña imagen, ¿verdad? En el diálogo platónico (de título la República) en el que está contenida esta alegoría el protagonista Sócrates (de quien Platón era uno de sus más destacados discípulos) afirma que esos inquietantes prisioneros “son como nosotros”, pues “¿crees que han visto de sí mismos, o unos de los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna que tienen frente a sí?”. Tal vez nosotros, los seres humanos, tenemos una cierta tendencia a la esclavitud:  solemos pensar que la reducida región de la realidad en la que tendemos a acomodarnos es todo lo que hay: en la caverna, donde está todo lo que conocemos (las sombras de la pared), y junto al calor del fuego, no se está tan mal, después de todo. Pero el ser humano -en esto coinciden casi todos los filósofos- puede aspirar a mucho más. Puede aspirar a la libertad: a salir de la caverna y observar la realidad del exterior.

Existen dos tipos de ignorancia, una más grave que otra.

Sin embargo, ocurre algo que impide a los cautivos salir de la caverna: y es que ni siquiera son conscientes de que están ahí dentro, encadenados desde el nacimiento, pues nunca han visto otra cosa, ni creen que sea posible nada más que aquello que conocen. Platón viene a enseñarnos aquí que existen dos tipos de ignorancia, una mucho más preocupante que la otra: una cosa es ignorar algo y otra, mucho peor, ignorar que se ignora algo. En el primer caso, lo único que necesito es ponerme manos a la obra para tratar de conocer aquello que desconozco (por ejemplo: la distancia que hay desde la Tierra hasta el Sol); en el segundo caso, mucho más preocupante, primero tengo que liberarme de mis prejuicios y opiniones erradas (por ejemplo: el Sol es un dios al que rendir culto, que se desplaza en una barca, como pensaban los egipcios). La filosofía ha tratado siempre de luchar, fundamentalmente, contra el segundo tipo de ignorancia, aquella que “ignora que ignora”, es decir, la ignorancia que “no sabe que no sabe”. 

Para qué sirve la filosofía.

Así, aunque mucha gente piensa que la filosofía no sirve para nada -pues es cierto que no es fácil encontrarle una aplicación práctica inmediata- la verdad es que la práctica filosófica siempre ha tenido una intención liberadora del ser humano. Aunque siempre pueda haber falsificaciones que se hagan pasar por filosofía y que supongan más esclavitud que liberación (como ocurre con el dogmatismo o la pedantería y erudición exageradas) la actividad filosófica es una actitud que contribuye a una vida más plena y libre para el que la practica:

La dedicación a la filosofía, aunque ésta haya sido manipulada, requiere el ejercicio de la razón, hace al hombre pensar. Y muchas veces este ejercicio del pensamiento obliga al hombre a tomar conciencia de su propia dignidad y libertad. Despierta en él un espíritu crítico que le permite descubrir el verdadero sentido de su vida, la verdadera significación de la realidad que le rodea, integrada por instituciones y leyes, creaciones culturales y aparatos técnicos, estructuras económicas y formas políticas, usos sociales y costumbres consagradas. El hombre que piensa puede, en un momento dado, poner la realidad al desnudo porque, quien ha formado sólidamente su razón crítica, difícilmente comulga con ruedas de molino. Por lo mismo, quien toma conciencia de su propia dignidad difícilmente se somete a manipulaciones degradantes.

Antonio Aróstegui,  La lucha filosófica, Editorial Marsiega, Madrid, 1975, pp. 26-27.

La filosofía, practicada honestamente, entraña siempre un peligro para los gobiernos autoritarios y para las oligarquías que con frecuencia manejan nuestras democracias. Tratar de salir de la caverna y de romper las cadenas con las que Platón simboliza las causas de nuestra ignorancia (los prejuicios, los mitos, las tradiciones irreflexivas…) supone una amenaza para aquellos que se beneficien de la ignorancia de los demás. Pues puede decirse que para la filosofía un ser humano libre es aquel que es capaz de pensar por sí mismo (esto es, en palabras de otro filósofo llamado Kant: es capaz de autonomía) y de evitar que sean otros los que piensen por él (esto es: de escapar de la heteronomía). Pero para eso es necesario darse cuenta de que solemos siempre estar en la caverna, de que solemos manejarnos en el mundo mediante prejuicios, falsedades y mitos.

Salir de la caverna.

La alegoría continúa con el dificultoso trayecto que ha de efectuar el prisionero liberado para salir de la caverna: sus ojos, habituados a la oscuridad, han de ir acostumbrándose poco a poco a una mayor visibilidad de las cosas. Se trata del duro camino del conocimiento, del proceso educativo encaminado a que el pupilo pueda pensar por sí mismo, a que adquiera conciencia filosófica (conciencia de su propia filosofía), a que mediante la razón pueda aproximarse a la verdad de las cosas. Pues la educación, se dice en la alegoría, “no es como la proclaman algunos”, que piensan que consiste en algo así como llenar de contenidos las cabezas de los alumnos. La educación, más bien, consiste en ayudar a los alumnos a que miren hacia el exterior de la caverna. Sería algo así como un “clic”, una suerte de inspiración que nos permita darnos cuenta de que es posible que vivamos en nuestra caverna particular. Pues es importante destacar que el propio prisionero liberado, aquel que ha salido del mundo de apariencias en que consiste la caverna, si recuerda su anterior cautiverio de tantos años en los cuales nunca se había dado cuenta de nada, debe concluir que tampoco puede estar seguro del todo de haber salido de la caverna: puede ser que el exterior también sea una caverna más grande, una prisión de la que también es necesario salir. 

Así, en una primera aproximación, la filosofía podría definirse como aquello que hacemos cuando tomamos conciencia de que nosotros mismos siempre podemos estar dentro de la caverna, por lo que tratamos de buscar garantías y caminos que nos permitan asegurarnos que, efectivamente, estamos saliendo de ella; estamos saliendo de un mundo de apariencias y falsedades, caminando hacia otro mundo más auténtico, más certero, más libre.

Obstáculos para salir de la caverna.

Ocurre que, como afirmaba otro importante filósofo de la Antigüedad, maestro de Platón y de nombre Aristóteles (384-322 a. C.), “todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber”. Estarás de acuerdo en que los seres humanos tenemos un cierto deseo de verdad y de libertad: ¿a quién le gusta que le engañen o sentirse esclavo de los otros? Nuestra capacidad innata para el razonamiento nos hace preguntarnos desde niños por el por qué de las cosas así como por la esencia (el “qué es”) de las mismas. Pero también parece ser cierto que en algún momento de nuestras vidas, a medida que vamos creciendo, por distintas razones, vamos olvidando esas preguntas, o más bien “tapándolas”. Algunos filósofos han denunciado que, con el fin de no hacernos cargo de esas preguntas acerca de nosotros mismos o del sentido de la realidad en la que vivimos, usamos “sustitutos” o entretenimientos que nos permitan no hacernos cargo de dichas cuestiones filosóficas esenciales.

El artista Steve Cutts, ilustrador y animador, realiza una interesante y sugerente crítica de nuestras sociedades contemporáneas. A sus ojos parece que la mayoría de personas vivimos vidas vacías e insustanciales que nos impiden ser felices. La alienación a la que nos sometemos mediante multitud de dispositivos evita que nos hagamos cargo de la infelicidad generalizada y facilita que “tapemos” las preguntas que naturalmente nos hacemos desde niños: ¿por qué son las cosas como son? ¿podrían ser de otra manera? ¿somos libres?

Steve Cutts, Happiness (2017)

Vamos a terminar este primer tema introductorio con la lectura del mito de la caverna platónico:

“A continuación, compara nuestra naturaleza respecto de su educación y de su falta de educación con una experiencia como ésta. Represéntate hombres en una morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión, a la luz. En ella están desde niños con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor la cabeza. Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego que brilla detrás de ellos; y entre el fuego y los prisioneros hay un camino más alto, junto al cual imagínate un tabique construido de lado a lado, como el biombo que los titiriteros levantan delante del público para mostrar, por encima del biombo, los muñecos.

– Me lo imagino.

– Imagínate ahora que, del otro lado del tabique, pasan hombres que llevan toda clase de utensilios y figurillas de hombres y otros animales, hechos en piedra y madera y de diversas clases; y entre los que pasan unos hablan y otros callan.

– Extraña comparación haces, y extraños son esos prisioneros.

– Pero son como nosotros. Pues en primer lugar, ¿crees que han visto de sí mismos, o unos de los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna que tienen frente a sí?

– Claro que no, si toda su vida están forzados a no mover las cabezas.

– ¿Y no sucede lo mismo con los objetos que llevan los que pasan del otro lado del tabique?

– Indudablemente.

– Pues entonces, si dialogaran entre sí, ¿no te parece que entenderían estar nombrando a los objetos que pasan y que ellos ven?

– Necesariamente.

– Y si la prisión contara con un eco desde la pared que tienen frente a sí, y alguno de los que pasan del otro lado del tabique hablara, ¿no piensas que creerían que lo que oyen proviene de la sombra que pasa delante de ellos?

– ¡Por Zeus que sí!

– ¿Y que los prisioneros no tendrían por real otra cosa que las sombras de los objetos artificiales transportados?

– Es de toda necesidad.

– Examina ahora el caso de una liberación de sus cadenas y de una curación de su ignorancia, qué pasaría si naturalmente les ocurriese esto: que uno de ellos fuera liberado y forzado a levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la luz, y al hacer todo esto, sufriera y a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir aquellas cosas cuyas sombras había visto antes. ¿Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que había visto antes eran fruslerías y que ahora, en cambio está más próximo a lo real, vuelto hacia cosas más reales y que mira correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los objetos que pasan del otro lado del tabique y se le obligara a contestar preguntas sobre lo que son, ¿no piensas que se sentirá en dificultades y que considerará que las cosas que antes veía eran más verdaderas que las que se le muestran ahora?

– Mucho más verdaderas.

– Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría de eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son realmente más claras que las que se le muestran?

– Así es.

– Y si a la fuerza se lo arrastrara por una escarpada y empinada cuesta, sin soltarlo antes de llegar hasta la luz del sol, ¿no sufriría acaso y se irritaría por ser arrastrado y, tras llegar a la luz, tendría los ojos llenos de fulgores que le impedirían ver uno solo de los objetos que ahora decimos que son los verdaderos?

– Por cierto, al menos inmediatamente.

– Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas de arriba. En primer lugar miraría con mayor facilidad las sombras, y después las figuras de los hombres y de los otros objetos reflejados en el agua, luego los hombres y los objetos mismos. A continuación contemplaría de noche lo que hay en el cielo y el cielo mismo, mirando la luz de los astros y la luna más fácilmente que, durante el día, el sol y la luz del sol.

– Sin duda.

– Finalmente, pienso, podría percibir el sol, no ya en imágenes en el agua o en otros lugares que le son extraños, sino contemplarlo como es en sí y por si en su propio ámbito.

– Necesariamente.

– Después de lo cual concluiría, con respecto al sol, que es lo que produce las estaciones y los años y que gobierna todo en el ámbito visible y que de algún modo es causa de las cosas que ellos habían visto.

– Es evidente que, después de todo esto, arribaría a tales conclusiones.

– Y si se acordara de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de sus entonces compañeros de cautiverio, ¿no piensas que se sentiría feliz del cambio y que los compadecería?

– Por cierto.

– Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las recompensas para aquel que con mayor agudeza divisara las sombras de los objetos que pasaban detrás del tabique, y para el que mejor se acordase de cuáles habían desfilado habitualmente antes y cuáles después, y para aquel de ellos que fuese capaz de adivinar lo que iba a pasar, ¿te parece que estaría deseoso de todo eso y envidiaría a los más honrados y poderosos entre aquéllos? ¿O más bien no le pasaría como al Aquiles de Homero, y preferiría ser un labrador que fuera siervo de un hombre pobre o soportar cualquier otra cosa, antes que volver a su anterior modo de opinar y a aquella vida?

– Así creo también yo, que padecería cualquier cosa antes que soportar aquella vida.

– Piensa ahora esto: si descendiera nuevamente y ocupara su propio asiento, ¿no tendría ofuscados los ojos por las tinieblas, al llegar repentinamente del sol?

– Sin duda.

– Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas sombras, en ardua competencia con aquellos que han conservado en todo momento las cadenas, y viera confusamente hasta que sus ojos se reacomodaran a ese estado y se acostumbraran en un tiempo nada breve, ¿no se expondría al ridículo y a que se dijera de él que, por haber subido hasta lo alto, se había estropeado los ojos, y que ni siquiera valdría la pena intentar marchar hacia arriba? Y si intentase desatarlos y conducirlos hacia la luz, ¿no lo matarían, si pudieran?

– Seguramente.

– […] Pues bien, mira si me das también la razón esto: no hay que asombrarse de que quienes han llegado allí no estén dispuestos a ocuparse de los asuntos humanos, sino que sus almas aspiran a pasar el tiempo arriba; lo cual es natural, si la alegoría descrita es correcta también en esto.

– Muy natural.

– Tampoco sería extraño que alguien que, de contemplar las cosas divinas, pasara a las humanas, se comportase desmañadamente y quedara en ridículo por ver de modo confuso y, no acostumbrado aún en forma su­ficiente a las tinieblas circundantes, se viera forzado, en los tribunales o en cualquier otra parte, a disputar sobre sombras de justicia o sobre las figurillas de las cuales hay sombras, y a reñir sobre esto del modo en que esto es discutido por quienes jamás han visto la Justicia en sí.

– De ninguna manera sería extraño.

– Pero si alguien tiene sentido común, recuerda que los ojos pueden ver confusamente por dos tipos de per­turbaciones: uno al trasladarse de la luz a la tiniebla, y otro de la tiniebla a la luz; y al considerar que esto es lo que le sucede al alma, en lugar de reírse irracio­nalmente cuando la ve perturbada e incapacitada de mi­rar algo, habrá de examinar cuál de los dos casos es: sí es que al salir de una vida luminosa ve confusamente por falta de hábito, o si, viniendo de una mayor igno­rancia hacia lo más luminoso, es obnubilada por el res­plandor. Así, en un caso se felicitará de lo que le sucede y de la vida a que accede: mientras en el otro se apiada­rá, y, si se quiere reír de ella, su risa será menos absur­da que si se descarga sobre el alma que desciende des­de la luz.

– Lo que dices es razonable.

Debemos considerar entonces, si esto es verdad, que la educación no es como la proclaman algunos. Afir­man que, cuando la ciencia no está en el alma, ellos la ponen, como si se pusiera la vista en ojos ciegos.

– Afirman eso, en efecto.

– Pues bien, el presente argumento indica que en el alma de cada uno hay el poder de aprender y el órgano para ello, y que, así como el ojo no puede volverse ha­cia la luz y dejar las tinieblas si no gira todo el cuerpo, del mismo modo es preciso mover el alma entera, hasta que llegue a ser capaz de soportar la contemplación de lo que es, y lo más lu­minoso de lo que es, que es lo que llamamos el Bien. ¿No es así?

– Sí.

– Por consiguiente, la educación sería el arte de volver este órgano del alma del modo más fácil y eficaz en que puede ser vuelto, mas no como si le infundiera la vista, puesto que ya la posee, sino, en caso de que se lo haya girado incorrectamente y no mire adonde debe, posibilitando que mire adonde es menester.

– Así parece, en efecto.

– […] ¿ Y no es también probable, e incluso necesario a partir de lo ya dicho, que ni los hombres sin educa­ción ni experiencia de la verdad puedan gobernar adecuadamente alguna vez el Estado, ni tampoco aquellos a los que se permita pasar todo su tiempo en el estudio, los primeros por no tener a la vista en la vida la única meta a que es necesario apuntar al hacer cuanto se hace privada o públicamente, los segundos por no que­rer actuar, considerándose como si ya en vida estuvie­sen residiendo en la Isla de los Bienaventurados?

– Verdad.

– Por cierto que es una tarea de nosotros, los fundadores de este Estado, la de obligar a los hombres de naturaleza mejor dotada a emprender el estudio que he­mos dicho antes que era el supremo, contemplar el Bien y llevar a cabo aquel ascenso y, tras haber ascendido contemplado suficientemente, no permitirles lo que ahora se les permite.

– ¿A qué te refieres?

– Quedarse allí y no estar dispuestos a descender junto a aquellos prisioneros, ni participar en sus traba­jos y recompensas, sean éstas insignificantes o valiosas.

– Pero entonces, ¿seremos injustos con ellos y les haremos vivir mal cuando pueden hacer­lo mejor?

– Te olvidas nuevamente, amigo mío, que nuestra ley no atiende a que una sola clase lo pase excepcional­mente bien en el Estado, sino que se las compone para que esto suceda en todo el Estado, armonizándose los ciudadanos por la persuasión o por la fuerza, haciendo que unos a otros se presten los beneficios que cada uno sea capaz de prestar a la comunidad. Porque si se forja a tales hombres en el Estado, no es para permitir que cada uno se vuelva hacia donde le da la gana, sino para utilizarlos para la consolidación del Estado.

– Es verdad; lo había olvidado, en efecto.

– Observa ahora, Glaucón, que no seremos injustos con los filósofos que han surgido entre nosotros, sino que les hablaremos en justicia, al forzarlos a ocuparse y cuidar de los demás. […] Cada uno a su turno, por consiguiente, debéis descender hacia la morada común de los demás y habituaros a contemplar las tinieblas; pues, una vez habi­tuados, veréis mil veces mejor las cosas de allí y cono­ceréis cada una de las imágenes y de qué son imágenes, ya que vosotras habréis visto antes la verdad en lo que concierne a las cosas bellas, justas y buenas. Y así nuestra ciudad vivirá despierta y no entre sueños, como para actualmente en la mayoría de las ciudades, donde compiten entre sí como entre sombras y disputan en torno al gobierno, como si fuera algo de gran valor. Pero lo cierto es que el Es­tado en el que menos anhelan gobernar quienes han de hacerlo es forzosamente el mejor y el más alejado de disensiones.

– Es muy cierto.

Platón, República (541a-520e), en Diálogos IV, traducción de Conrado Eggers Lan (con pequeñas modificaciones), Gredos, Madrid, 1998, pp. 338-346

Actividades de comprensión de los apuntes:

  1. ¿Qué cuestiones pretende explicar Platón con su alegoría de la caverna?
  2. Según el mito, ¿en qué situación nos encontramos los seres humanos desde que nacemos?
  3. ¿Qué dos tipos de ignorancia distingue Platón? ¿Cuál de ellas es la más grave?
  4. ¿Para qué puede servir la filosofía?
  5. Según lo explicado, ¿qué significa para la filosofía que el ser humano es libre?
  6. ¿En qué consiste la verdadera educación, según lo expuesto en el mito?
  7. ¿De qué manera podemos definir la filosofía en relación a lo estudiado sobre el mito de la caverna?
  8. ¿Con qué obstáculos solemos toparnos al intentar salir de la caverna?
  9. ¿Qué opinión te merece este mito platónico?
  10. ¿Consideras que a día de hoy nuestras sociedades son sociedades libres, efecto de seres humanos que piensan por sí mismos (autonomía) o, por el contrario, todavía vivimos en la caverna, en el sentido de que seguimos pensando lo que otros quieren que pensemos (heteronomía)? ¿Puedes poner algún ejemplo de la vida real?