Unidad 5. ¿Qué puedo saber? (1): El conocimiento

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LOS APUNTES DE FILOSOFÍA (5) – 1º de Bachillerato

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  • LECTURA PARA ESTE TEMA (voluntaria): «Las verdades de razón», capítulo 2 de Fernando Savater, Las preguntas de la vida, Ariel, Barcelona, 2001. [Descárgalo AQUÍ exclusivamente para uso educacional].

Posible tema para disertar tras la lectura: ¿Es posible la democracia en una sociedad en la que la ciudadanía no tenga ningún interés por el conocimiento?

Unidad 5. ¿Qué puedo saber? (1): Análisis del «conocer»

El filósofo Immanuel Kant (1724-1804) escribió que «uno no puede aprender filosofía, sino únicamente a filosofar» (“(…) kann man keine Philosophie lernen (…). Man kann nur philosophieren lernen”). Y aprender a filosofar consiste, fundamentalmente, en aprender a hacerse uno mismo (autónomamente) preguntas tan radicales que sobrepasan el más restringido campo de las ciencias. Para Kant la filosofía se debe ocupar, fundamentalmente, de las siguientes cuestiones:

«El campo de la filosofía (…) se puede reducir a las siguientes cuestiones:

1) ¿Qué puedo saber?
2) ¿Qué debo hacer?
3) ¿Qué me está permitido esperar?
4) ¿Qué es el hombre?

La metafísica responde a la primera cuestión, la moral a la segunda, la religión a la tercera y la antropología a la cuarta. En el fondo se podría considerar todo esto como perteneciente a la antropología, dado que las tres primeras cuestiones se refieren a la última»

Immanuel Kant, Lógica. Un manual de lecciones, edición de María Jesús Vázquez, Akal, Madrid, 2000, p. 92 [III].


«Das Feld der Philosophie (…) läßt sich auf folgende Fragen bringen:

1) Was kann ich wissen?
2) Was soll ich thun?
3) Was darf ich hoffen?
4) Was ist der Mensch?

Die erste Frage beantwortet die Metaphysik, die zweite die Moral, die dritte die Religion und die vierte die Anthropologie. Im Grunde könnte man aber alles dieses zur Anthropologie rechnen, weil sich die drei ersten Fragen auf die letzte beziehen»

Immanuel KantLogik, Ein Handbuch zu Vorlesungen, Königsberg, Friedrich Nicolovius, 1800, Seite 25.


Fijémonos en que Kant no pregunta, en general, «¿qué es el saber?», sino: ¿qué puedo saber yo, precisamente yo, en tanto que humano que soy?». Así, Kant se está preguntando por el saber del ser humano. Se trata de una pregunta antropológica, pues remite a lo que el ser humano es. Por otro lado, preguntando «qué puedo saber» ya está dando una pista de cuál es la opinión de Kant: es probable que nuestro saber humano sea limitado y que no podamos aspirar a saberlo todo.

La parte de la filosofía que se encarga del problema del conocimiento ha sido nombrada de varias maneras a lo largo de la historia de la filosofía: teoría del conocimiento, gnoseología, epistemología… además, si se encarga de estudiar el conocimiento científico en particular, suele recibir el nombre de «filosofía de la ciencia«. En este primer tema dedicado al conocimiento vamos a tratar de respondernos la siguiente pregunta: ¿qué significa conocer algo?

Jacobo Muñoz, “Epistemología”, en VVAA, Diccionario Espasa de filosofía, Editorial Espasa Calpe, Madrid, 2003, p. 193
 

José Ferrater Mora, Diccionario de filosofía, Tomo I (A-D), Ariel, Barcelona, 1998, p. 657 (artículo “Conocimiento”).

Si volvemos un momento a la caverna descrita por Platón recordaremos que una de las cosas que mejor caracterizan a los prisioneros es su confianza infinita en lo que les muestran los ojos:

– Extraña comparación haces, y extraños son esos prisioneros.
– Pero son como nosotros. Pues en primer lugar, ¿crees que han visto de sí mismos, o unos de los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna que tienen frente a sí?
– Claro que no, si toda su vida están forzados a no mover las cabezas.
– ¿Y no sucede lo mismo con los objetos que llevan los que pasan del otro lado del tabique?
– Indudablemente.
– Pues entonces, si dialogaran entre sí, ¿no te parece que entenderían estar nombrando a los objetos que pasan y que ellos ven?
– Necesariamente.
– Y si la prisión contara con un eco desde la pared que tienen frente a sí, y alguno de los que pasan del otro lado del tabique hablara, ¿no piensas que creerían que lo que oyen proviene de la sombra que pasa delante de ellos?
– ¡Por Zeus que sí!
– ¿Y que los prisioneros no tendrían por real otra cosa que las sombras de los objetos artificiales transportados?
– Es de toda necesidad.

Platón, República (515a), en Diálogos IV, traducción de Conrado Eggers Lan (con pequeñas modificaciones), Gredos, Madrid, 1998.

Esta actitud de los presos de la caverna es lo que en filosofía se conoce como «actitud natural»: se trata de la actitud espontánea de creer que el mundo en el que vivimos existe y que nosotros lo percibimos (lo conocemos) tal y como es. En realidad, si bien esta es la actitud «psíquicamente sana» -pues dudar de la existencia del mundo o desconfiar constantemente de lo que percibimos mediante nuestros sentidos nos desequilibraría y nos impediría llevar una «vida normal»- lo cierto es que las cosas son un poquito más complicadas. Pero antes de abordar este problema (el problema de la apariencia y la realidad, así como nuestro conocimiento de la misma) vamos a realizar en este tema un análisis de lo que significa «conocer».

1. Conocer, saber, pensar

Es siempre bueno, al comenzar una investigación teórica, tratar de comprender correctamente los términos involucrados. ¿Qué significa conocer algo? ¿es lo mismo conocer que saber o pensar?

La distinción entre «conocer» (del latín cognoscĕre) y «saber» (del latín sapĕre) se encuentra en varias lenguas cercanas: en alemán (Erkenntnis y Wissen) o en francés (connaître y savoir). En inglés, al parecer, solo se dispone de una palabra para expresar estos dos significados: knowledgeLo curioso es que fueron precisamente filósofos que escribían en inglés [John Locke (1632-1704) y David Hume (1711-1776)] los que, en los siglos XVII y XVIII comenzaron a investigar la cuestión del conocimiento de un modo muy influyente para el pensamiento posterior. Otro filósofo inglés de época más reciente, Bertrand Russell (1872-1970), que suele ser muy claro en sus escritos, expresa de este modo esta distinción entre saber y conocer:

The word ‘know’ is here used in two different senses. (1) In its first use it is applicable to the sort of knowledge which is opposed to error, the sense in which what we know is true, the sense which applies to our beliefs and convictions, i.e. to what are called judgements. In this sense of the word we know that something is the case. This sort of knowledge may be described as knowledge of truths. (2) In the second use of the word ‘know’ above, the word applies to our knowledge of things, which we may call acquaintance. This is the sense in which we know sense-data. (The distinction involved is roughly that between savoir and connaître in French, or between wissen and kennen in German.)

Bertrand Russell, The Problems of Philosophy (1912). Versión electrónica.

La palabra «conocer» se usa en dos sentidos diferentes: 1º En la primera acepción es aplicable a la clase de conocimiento que se opone al error, en cuyo sentido es verdad lo que conocemos. Así, se aplica a nuestras creencias y convicciones, es decir, a lo que denominamos juicios. En este sentido de la palabra sabemos que algo se nos presenta como un problema. Esta clase de conocimiento puede ser denominada conocimiento de verdades. 2º En la segunda acepción de la palabra «conocer», se aplica al conocimiento de las cosas, que podemos denominar conocimiento directo. En este sentido conocemos los datos de los sentidos. (Esta distinción corresponde aproximadamente a la que existe entre savoirconnaître en francés, o entre wissenkennen en alemán).

Bertrand Russell, Los problemas de la filosofía, traducción de Joaquín Xirau, Editorial Labor, Barcelona, 1980, p. 44

José Ferrater Mora, Diccionario de filosofía, A-D, Editorial Ariel, Barcelona, 1998, p. 656 («Conocer»)

En español esta es una distinción muy común. Por ejemplo, decimos de alguien que «sabemos mucho de él» pero que «todavía no lo conocemos» (no hemos tenido un contacto directo). En definitiva, si usamos el término «conocimiento» en un sentido genérico, cabe distinguir dos formas de conocimiento:

  1. «El conocer»: conocimiento por experiencia directa de cosas o hechos (el conocer típico es la percepción): «conocer a»
  2. «El saber»: conocimiento de verdades, esto es, de proposiciones verdaderas (el saber por excelencia es la ciencia o «saber» científico): «conocer que»

Ejemplos:

  • conozco la ciudad de Berlín (estuve este verano, tuve esa experiencia directa) y que fue dividida en cuatro sectores al final de la II Guerra Mundial (lo hemos dado en la asignatura de Historia)
  • sé que Milán Kundera es muy buen escritor (al menos eso he oído) pero no conozco bien su obra, pues apenas la he leído (no he tenido una experiencia directa de su lectura plena)
  • sabemos que María/Juan besa muy bien (porque tiene esa fama), pero no conocemos sus besos (no tenemos experiencia directa de los mismos)

Otro término fundamental aquí es el de pensamiento: podemos llamar «pensar» al considerar ideas en la mente. Ocurre que nosotros podemos pensar en alguien (imaginarlo mentalmente) sin conocerlo y, también, podemos pensar que algo es de una determinada manera sin, en realidad, saberlo. Por ejemplo: yo puedo pensar en una chica o un chico que me atrae sin ni siquiera conocerlo/a; y puedo pensar que esa persona está interesada por mí sin saberlo verdaderamente. El mero pensamiento no es, como parece evidente, conocimiento: pensar en algo o que algo es de una manera no implica conocerlo. Pero, por otro lado, el conocimiento sí que implica pensamiento: para saber algo es imprescindible pensarlo (tenerlo en la mente) y, salvo quizás raros casos, conocer a alguien implica pensar algo sobre ese alguien.

Así, el «puro pensar» (el tener ideas en la mente) no es, por sí mismo, conocimiento (conocer o saber), ni implica necesariamente conocimiento. Para que haya conocimiento es necesario algo más.

Kant lo expresa así en su obra Crítica de la razón pura:

Pensar un objeto y conocer un objeto son, pues, cosas distintas. El conocimiento incluye dos elementos: en primer lugar, el concepto mediante el cual es pensado un objeto en general (la categoría); en segundo lugar, la intuición por medio de la cual dicho objeto es dado. Si no pudiésemos asignar al concepto la intuición correspondiente, tendríamos un pensamiento, atendiendo a su forma, pero carente de todo objeto, sin que fuera posible conocer cosa alguna a través de él.

Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, traducción de Pedro Ribas, Alfaguara, Madrid, 1998, B 146, p. 163

Ahora este texto no se entiende bien. Esperemos que más adelante se comprenda mejor.

Entonces, ¿vale para algo el mero pensamiento sin conocimiento? Por supuesto que vale: es necesario el pensamiento para que haya progreso científico (las hipótesis de los científicos son, en realidad, pensamientos que sirven para guiar la investigación. Pero es un grave error creer que porque pienso algo -o porque muchos lo piensan- ya sé o conozco ese algo. La filosofía tal vez sea útil para no dejarnos engañar por lo que nosotros mismos pensamos o lo que otros piensan. Puedo pensar que es muy probable que exista vida en otros planetas o que nuestra mente tiene capacidades ilimitadas; y esos pensamientos pueden servirme tanto para comenzar una investigación científica como para alimentar fantásticas teorías de la conspiración y supercherías varias.

A continuación vamos a llevar a cabo un análisis filosófico del conocimiento en el sentido de «conocimiento directo» o «percepción»; y más adelante trataremos el conocimiento como «saber» (ya hemos dicho que el saber por excelencia es la ciencia, el «saber» científico).

2. Análisis del «conocer»

Existe un acuerdo prácticamente mayoritario según el cual el conocimiento consiste en una forma de relación entre un sujeto y un objeto:

Todo nuestro conocimiento presenta una doble relación: en primer lugar una relación con el objeto, en segundo lugar una relación con el sujeto. Considerado en el primer respecto hace referencia a la representación, en el segundo a la conciencia: la condición universal de todo conocimiento en general.

Immanuel Kant, Lógica. Un manual de lecciones, edición de María Jesús Vázquez, Akal, Madrid, 2000, p. 98 [V].

El conocimiento parece ser una forma de presencia del objeto en el sujeto. Esta presencia no se da «en persona», físicamente, sino por medio de un representante, de una representación (una imagen o idea):

  1. Por medio de qué conozco es lo que llamamos representación.
  2. Lo que conozco es el contenido de la representación.
  3. A quien yo conozco (la cosa que conozco) es el objeto.

El objeto del conocimiento es la cosa misma, no su representación. Pero yo solo la conozco tal y como me la represento. Así, podemos decir que el objeto es construido por el sujeto; aunque, mejor dicho, lo que el sujeto construye -normalmente sin darse cuenta de ello- es su representación.

Podemos decir que el conocimiento debe ser concebido como una actividad constructiva: el sujeto no es meramente pasivo ni receptivo, ni el conocimiento es una mera copia de la realidad. La concepción del conocimiento como algo pasivo tiene su origen en el filósofo griego antiguo Aristóteles (384-322 a. C.) y fue superada por la filosofía moderna, especialmente a partir de Immanuel Kant (1724-1804). En este texto de Aristóteles se puede apreciar esa concepción antigua del conocimiento como pasividad y receptividad:

En relación con todos los sentidos en general ha de entenderse que sentido es la facultad capaz de recibir las formas sensibles sin la materia al modo en que la cera recibe la marca del anillo sin el hierro ni el oro: y es que recibe la marca de oro o de bronce pero no en tanto que es de oro o de bronce. A su vez y de manera similar, el sentido sufre también el influjo de cualquier realidad individual que tenga color, sabor o sonido (…).

Aristóteles, Acerca del alma, traducción de Tomás Calvo Martínez, Gredos, Madrid, 1999, p. 211 (Libro II, Cap. 12, 20-25).

3. Proceso del conocimiento

Conocer las cosas no es algo tan sencillo como simplemente abrir los ojos y ver lo que tenemos delante. Incluso, cuando miramos algo hacemos mucho más que ver, porque en lo visto siempre hay algo más que lo que estrictamente vemosLo que estrictamente vemos recibe en filosofía el nombre de «intuición»; ese «algo más» involucrado en el conocimiento recibe el nombre de «concepto» (y los conceptos no los vemos). El conocimiento, tal y como lo podemos concebir actualmente, implica siempre una intuición y un concepto.

 

«Intuir» significa «ver» (proviene del latín)…

«intueor», en Diccionario Ilustrado Latino-Español, Español-Latino, VOX, Larousse, Barcelona, 2017, p. 259
«Intuición», en José Ferrater Mora, Diccionario de filosofía (Tomo II: E-J), Ariel, Barcelona, 2001, p. 1895.

En el lenguaje ordinario, «intuir» significa, a veces, también lo mismo que «presentir». Pero en el lenguaje filosófico decimos que la intuición es cualquier forma de conocimiento directo e inmediato (es decir, sin intermediarios). En principio, podemos distinguir dos formas (aunque en este tema apenas tratamos la primera, la intuición sensible):

  1. La intuición sensible, que se refiere a todas las formas de contemplación de objetos mediante nuestros sentidos;
  2. La intuición intelectual, en la que lo que se intuye es la verdad de una proposición sin necesidad de demostración (por ejemplo, proposiciones como «el todo es mayor que las partes» o «pienso luego existo», cuya verdad puede resultar evidente de manera inmediata).

Por otro lado, el concepto es una representación intelectual que es presentada mediante términos generales como «árbol», «blanco», «oliva»…

El objeto de la intuición sensible es siempre «esto particular que tengo delante de mí»; por contra, el objeto del concepto no está en ningún sitio. Así, delante de mí puedo tener una oliva centenaria, por lo que puedo verla (intuirla); pero «la oliva», en general, no puedo verla.

Entonces, como venimos señalando, el conocimiento humano completo exige, al menos, una intuición y un concepto. El filósofo Kant lo expresa así:

En todo conocimiento habrá que distinguir entre materia, es decir, el objeto y forma, es decir, el modo como conocemos el objeto. Un salvaje, por ejemplo, vislumbra en la lejanía una casa cuya utilidad desconoce, de este modo tiene presente en la representación ciertamente el mismo objeto que otro que lo conoce de un modo determinado como una vivienda dispuesta para el hombre. Por lo que respecta a la forma, sin embargo, este conocimiento de uno y el mismo objeto es en ambos diferente. En un caso es mera intuición, en otro caso intuición y concepto a la vez.

Immanuel Kant, Lógica. Un manual de lecciones, edición de María Jesús Vázquez, Akal, Madrid, 2000, p. 98 [V].

Podemos poner muchos más ejemplos. Imaginemos que estamos en la Edad Media y vemos a un chico que se encuentra convulsionando en el suelo. Es muy probable que para nosotros, en esa época, sería más que evidente que ese joven se encontraba poseído por el demonio; esa misma visión, sin embargo, en nuestra época actual, nos movería a usar el móvil para llamar a un médico en lugar de a un sacerdote exorcista: veríamos claro que lo que sufre el joven es un ataque epiléptico y no un ataque demoníaco. Los presos de la caverna platónica estaban convencidos de que lo que veían sus ojos era la realidad evidente. Pero lo cierto es que no basta solo con mirar: la pura intuición sensible no basta: es preciso que la intuición sea subsumida bajo un concepto. Y con el ejemplo del joven epiléptico podemos entender que cuanto mejor estén construidos nuestros conceptos, mejor podremos ver la realidad. Si miramos las cosas a través de ideas y conceptos provenientes de prejuicios e ideas preconcebidas, surgidas de la tradición, la costumbre o la inercia social, como ocurre con los presos de la caverna, nuestra visión será más limitada y confusa que si miramos las cosas mediante conceptos e ideas bien construidas, haciendo uso de nuestras capacidades racionales.

Podemos concluir lo siguiente: la pura intuición sensible no basta, por lo tanto, para que podamos hablar de conocimiento, pues se hace necesario que la intuición sea subsumida bajo un concepto. Así, «conocer» requiere «reconocer»: solo se produce el conocimiento si lo que veo (la intuición) es reconocido como algo (como «una casa, que es un concepto). Y cuanto mejor construidos estén nuestros conceptos, con más claridad y menos confusión podremos conocer las cosas: estaremos de algún modo en el camino que nos lleva hacia el exterior de la caverna.

4. La formación de los conceptos

Todo conocimiento contiene, pues, una intuición y un concepto. No parece difícil señalar el origen de la intuición: es suficiente con abrir los ojos, los oídos… Más difícil parece encontrar el origen de los conceptos: ¿de dónde los sacamos? Por ejemplo, yo puedo intuir este color blanco de mi libro (lo veo, lo intuyo), pero ¿de dónde saco los conceptos de «blanco» y de «color»? En cualquier caso, no todos los conceptos parecen ser del mismo tipo (por ejemplo, conceptos como «blanco», «color», «belleza» o «causa» no parecen todos tener el mismo origen). Sea como fuere, vamos a reflexionar aquí sobre la formación de conceptos del tipo «color», «blanco»… es decir, los llamados conceptos empíricos.

Podemos decir que el concepto es una representación mental abstracta. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que los conceptos se construyen mediante un proceso que conocemos como «abstracción».

“Abstracción”, en José Ferrater Mora, Diccionario de filosofía, Tomo I (A-D), Editorial Ariel, Barcelona, 1998, p. 26

La abstracción es una operación mental que consiste en considerar por separado aquello que realmente no lo está, prescindiendo del resto. Es mediante un proceso de este tipo como se construyen los conceptos. Por ejemplo: de “este blanco” abstraigo “blanco”; y de “blanco”, “rojo”, “amarillo”, etc., abstraigo algo común a todos ellos: “color“. De este modo construyo una representación mental: el concepto, el cual va acompañado del término correspondiente (“color”, “colour”, “Farbe”, etc., según sea mi idioma).

Otro ejemplo: si al considerar muchos árboles hago la operación de abstraer (considerar por separado) las distintas tonalidades de colores que he detectado, los diferentes tamaños que he visto, la variedad de las formas de hojas que he ido encontrando, los diferentes tipos de frutos, etc., y trato de considerar solamente qué es un árbol, es decir, qué es lo común a todos los árboles del mundo y qué es lo que distingue a todo árbol del resto de las cosas del mundo, estoy construyendo un concepto.

Immanuel Kant, Lógica, traducción de María Jesús Vázquez Lobeiras, Akal, Madrid, p. 144

Por medio de los conceptos seleccionamos los rasgos o características que son comunes a una pluralidad de objetos prescindiendo de aquellas características que no comparten todos ellos. Otro ejemplo: el concepto de “perro” recoge las características que son comunes a todos los perros y deja fuera aquellas otras características que no son comunes a todos los perros (hay perros grandes, medianos y pequeños, los hay de diferentes colores, de diferentes razas, etc., pero todos ellos son perros).

El pensamiento humano se caracteriza por la utilización de conceptos. Un ser humano adulto posee una amplia red de conceptos, pero siempre es posible la construcción de conceptos nuevos. Esto es fundamental para la ampliación de nuestros conocimientos. Los progresos científicos, por su parte, siempre van a acompañados de la creación de nuevos conceptos.

5. Origen y límites del conocimiento

Estamos viendo en este tema que el conocimiento implica una intuición (sensorial) y un concepto. Pero… ¿es esto seguro? En realidad esta es una afirmación discutible que plantea muchas preguntas, como por ejemplo las siguientes:

  1. ¿Cuál es el origen de nuestros conceptos? ¿Son todos construidos por abstracción a partir de nuestras intuiciones (es decir, a partir de la experiencia)? ¿O acaso poseemos algunos conceptos que no proceden de la experiencia? Estas preguntas hacen referencia al problema del origen del conocimiento.
  2. Ya sea que procedan todos nuestros conceptos de la experiencia o que no, podemos también preguntarnos lo siguiente: ¿es posible conocer más allá de la experiencia? Esto es: ¿podríamos conocer aquello que no podemos experimentar? Estas preguntas se refieren al problema de los límites del conocimiento.

 

Ambos problemas, relativos al origen y los límites de nuestro conocimiento, se encuentran íntimamente relacionados, por lo que vamos a tratarlos juntos en este epígrafe.

Los filósofos han discutido acerca de si hay que situar la base del conocimiento en los datos que nos aportan los sentidos, o si, por el contrario, el fundamento del saber humano ha de recaer más bien en la razón. Los llamados empiristas entendían que la razón es clave para desarrollar el conocimiento, pero defendían que el conocimiento racional debe partir siempre de los datos aportados por los sentidos y apoyarse en ellos, si no quiere perderse en elucubraciones y fantasías. En cambio, los racionalistas (innatistas) argumentaron que, como los sentidos no son siempre fiables (en muchas ocasiones nos engañan), es la razón y no la experiencia sensorial la única que puede constituirse legítimamente como una base sólida para el conocimiento.

Este texto del filósofo Francis Bacon (1561-1626) puede servirnos, con sus metáforas, para comprender mejor esta distinción:

Francis Bacon, Novum organum, traducción de Cristóbal Litrán, Sarpe, Madrid, 1984, pp. 89-90

Estas metáforas de Bacon son sugerentes: para algunos (los empiristas), el conocimiento es una actividad semejante a la de las hormigas: la mente es como un hormiguero en el que sólo hay lo que se trae de afuera. Para otros (los racionalistas, innatistas), la mente hace como la araña: todo lo saca de sí misma, y desconfía de lo que le viene de la experiencia. Pero cabe una postura intermedia: la de las abejas (el apriorismo, la postura de Kant).

Un punto de discusión constante entre empiristas y racionalistas radicará también en si existen o no contenidos en nuestra mente cuando nacemos. Según los primeros, tal como afirmaba John Locke (1632-1704) (usando una metáfora tomada de Aristóteles), al nacer nuestra mente es una tabula rasa, una hoja en blanco. A partir de que nacemos y según vamos teniendo experiencias comienzan a grabarse contenidos en la mente, y al ir relacionando unos con otros vamos construyendo el conocimiento. Por tanto, rechazaban que hubiera ideas innatas.

Aristóteles, Acerca del alma (III, 4, 430a), traducción de Tomás Calvo Martínez, Gredos, Madrid, 1978, p. 233

Los racionalistas entendían, por contra, que nuestra mente sí dispone de contenidos desde el principio (según ellos, no todas las ideas que poseemos proceden del aprendizaje a través de la experiencia o son creadas por nosotros, sino que algunas se encuentran en nuestra mente al nacer). La polémica entre estas dos posiciones adquirió una gran importancia para la filosofía durante los siglos XVII y XVIII.

Gottfried Wilhelm Leibniz, Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, edición de J. Echeverría Ezponda, Editora Nacional, Madrid, 1983, Prefacio, p. 40

– La epistemología kantiana

Con la intención de superar el antagonismo entre ambas posiciones, en el último tercio del siglo XVIII Immanuel Kant trató de formular una explicación del proceso de conocimiento que recogiera los aspectos que le parecieron más válidos tanto de los racionalistas como de los empiristas. Las teorías epistemológicas formuladas después de Kant la han tomado como referencia y han entrado en discusión con ella. De ahí su importancia.

Según Kant, en el proceso de conocimiento participan simultáneamente tres facultades humanas: sensibilidad, entendimiento y razón.

LA SENSIBILIDAD

Para poder alcanzar conocimiento necesitamos recibir datos externos. Sin estos no descubrimos nada nuevo y, por tanto, no podemos lograr conocimiento alguno (pues podemos decir que conocer es alcanzar una información nueva, algo que estaba oculto para nosotros.

Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, Introducción, B 1-2, traducción de Pedro Ribas, Alfaguara, Madrid, 1998, p. 41

Esta capacidad humana de recibir sensaciones que proceden del exterior, y de captarlas y retenerlas con vistas a descubrir verdades nuevas, se llama sensibilidad. Ahora bien: cualquier percepción que, por medio de los sentidos, nos llega desde el exterior de nuestra mente es de algo que se halla localizado en un punto del espacio y ubicado en un momento exacto de la línea del tiempoEl espacio y el tiempo son, así, los recipientes en los cuales nuestra sensibilidad recoge los datos que se hallan fuera de nuestra mente. Sin una posición espacial y un valor temporal nada puede ser procesado por nuestra mente. Así, la sensibilidad es una facultad que:

  • Recoge los datos externos
  • Ubica esos datos en un lugar y un momento concretos

(Según Kant, el espacio y el tiempo no son propiedades de las cosas, sino que son las condiciones subjetivas que hacen posible la experiencia: son algo “puesto” por la sensibilidad en el acto de conocer. Fuera del sujeto, el espacio y el tiempo no son nada)

EL ENTENDIMIENTO

Los datos percibidos que capta nuestra sensibilidad son inconexos. Al percibir, por ejemplo, una mesa roja, la sensibilidad recibe, en una ubicación espacial y en un momento temporal, muchos estímulos simultáneamente: los materiales de los que está hecha, las formas y tamaños de estos, la unión entre ellos, su color, etc. Es necesaria, por tanto, otra facultad que pueda crear una síntesis, es decir, reunir y ordenar esa diversidad caótica de percepciones. Y la facultad encargada de “realizar” esa unión es el entendimiento humano.

Esta capacidad del entendimiento de ordenar los datos que proceden de la experiencia y generar dicha síntesis es posible debido a que trabaja mediante unos conceptos predeterminados que ya tenemos incorporados desde que nacemos y que compartimos con todos los seres humanos: las llamadas categorías. Las categorías son conceptos o estructuras innatas, es decir, que no hemos aprendido (a diferencia de otros conceptos, los empíricos, que son generalizaciones tomadas de la experiencia, como “árbol”, “casa”, “perro”, etc), sino que forman parte de nosotros desde el nacimiento y nos sirven para estructurar las informaciones que recogen nuestros sentidos.

Por ejemplo, una de estas categorías (son 12 en total) es la de sustancia. Gracias a ella, según Kant, percibimos la realidad como algo constituido por objetos, pues dicha categoría es la responsable de que agrupemos varias sensaciones como manifestaciones de una misma realidad o sustancia.

Asimismo, el establecimiento de relaciones de causa y efecto entre los distintos fenómenos viene dada por la categoría de causalidad: ella posibilita que podamos conectar unos fenómenos con otros en determinadas condiciones.

Immanuel Kant, Prolegómenos a toda metafísica futura que haya de poder presentarse como ciencia, edición bilingüe, traducción de Mario Caimi, Istmo, Madrid, 1999, p. 137.

Sin las categorías nuestra imagen del mundo resultaría completamente diferente: de hecho, no podemos ni imaginarnos cómo sería, pues ellas también establecen el modo como opera nuestra imaginación.

LA RAZÓN

Con la razón concluye el proceso de conocimiento humano:

Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, A 299, B 355, traducción de Pedro Ribas, Alfaguara, Madrid, 1998, p. 300

En Kant la palabra razón tiene un significado específico: si la sensibilidad sitúa todo lo que llega bajo unas coordenadas espaciotemporales, y el entendimiento lo estructura según unas determinadas categorías, la razón nos lleva a pensar sobre los fundamentos o los primeros principios de lo que experimentamos.

La razón es aquello que nos induce a plantearnos el porqué de las cosas de manera incesante. Así, a cada respuesta que obtenemos de por qué sucede esto o lo otro, la razón nos invita a preguntarnos nuevamente cuál es la explicación de la causa que hemos encontrado. Como la cadena de sucesivos “porqués” tiende a hacerse infinita, y nuestra razón no puede pensar la infinitud, eso la lleva a generar lo que Kant llama las “ideas metafísicas” (las ideas son tres: Alma -unifica nuestra experiencia interna-, Mundo -unifica nuestra experiencia externa- y Dios -ambas esferas se reducen a una mediante la idea de Dios-). Las ideas metafísicas no tienen su origen en la experiencia, pero el ser humano recurre inevitablemente a ellas para explicarse la realidad.

Dichas ideas metafísicas responden a la necesidad de la razón de contestar a las siguientes preguntas:

  1. ¿En qué medida tenemos libertad a la hora de actuar?
  2. ¿Qué sentido le podemos encontrar al mundo? ¿Existe algún futuro para mí tras la muerte?
  3. ¿Hay una entidad universal o realidad cósmica que otorgue unidad a todo lo que existe?

Sin embargo, según Kant, a pesar de que la razón construye las ideas metafísicas, cuando tratamos de emplear nuestro entendimiento para demostrar alguna cosa sobre ellas nos topamos siempre con una dificultad: al intentar aplicar las categorías del entendimiento sobre dichas ideas, como estas se refieren a entidades que no están situadas en el espacio y en el tiempo, es decir, como quedan al margen de la facultad de la sensibilidad, resulta que las categorías no pueden funcionar adecuadamente y acaban demostrándonos tanto una cosa como su contraria; es decir, generan contradicción y no aportan conocimiento.

De este modo, Kant llega a la conclusión de que no puede haber conocimiento sobre las entidades metafísicas, pues la razón no puede ni afirmar ni negar su existencia, por más que sea inevitable pensar en ellas cuando nos planteamos las preguntas fundamentales. Por supuesto, podemos pensar (considerar estas ideas en la mente) en las grandes cuestiones metafísicas -Dios, el alma, el mundo (su origen, su finalidad…)-, pero nada podemos conocer acerca de ellas. Lo que más cabe aquí es la creencia, no el conocimiento. La crítica de Kant a la metafísica fue, como se ve, demoledora.

De alguna manera, racionalistas y empiristas acertaban y se equivocaban a la vez: sin experiencia no hay conocimiento (empiristas), pero sin las categorías (conceptos innatos del entendimiento) este tampoco es posible. La teoría de Kant recuerda a la trabajosa elaboración que hacen las abejas de los materiales que toman del mundo para producir la miel y la cera.

6. Grados de conocimiento

Hemos venido señalando desde el comienzo que en el conocimiento hay una combinación de planos subjetivo y objetivo. Dependiendo de dicha combinación, podemos distinguir tres grados fundamentales de conocimiento: la opinión, la creencia y el saber en sentido estricto.

  1. La opinión es una apreciación del sujeto (es decir, subjetiva) de la que no podemos estar seguros y que tampoco podemos probar a los demás. En la opinión, desde el punto de vista objetivo, no encontramos ninguna justificación que podamos comunicar a los demás de modo que tengan que aceptarla. Una justificación es objetivamente válida cuando tiene que aceptarla cualquier ser racional que la examine. Desde el punto de vista subjetivo, no nos atrevemos a afirmar que estamos convencidos de ello, por eso solemos expresar las opiniones diciendo “opino que” y “no estoy convencido de que”.
  2. La creencia se da cuando alguien está convencido de que lo que piensa es verdad, pero no puede aducir una justificación que pueda ser aceptada por todos. La seguridad es sólo subjetiva; lo que creemos no tiene una justificación objetiva suficiente.
  3. El conocimiento puede definirse aquí como una opinión fundamentada tanto subjetivamente -en este sentido, sería como una creencia- como objetivamente -en este sentido, es más que una creencia-. Es una creencia de la que estamos seguros pero que, además, podemos probar. Poder justificar racionalmente algo (dar razones) es lo característico del conocimiento. Saber algo es poder dar razón de ello ante los demás.

Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, traducción de Pedro Ribas, Alfaguara, Madrid, 1998, p. 640

7. La posibilidad del conocimiento

  • LA CRÍTICA

Para los pensadores críticos el conocimiento es posible; sin embargo, este no es incuestionable y definitivo, sino que debe ser revisado y criticado continuamente para detectar posibles falsificaciones y errores.

Aunque prácticamente no ha habido ningún filósofo que no haya ejercido la crítica, ésta se convierte en actitud predominante a partir del siglo XVIII, gracias a Hume y Kant.

Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, traducción de Pedro Ribas, Alfaguara, Madrid, 1998, p. 9 (Prólogo de la 1º edición, nota)

Criticar es para Kant “llevar ante el tribunal de la razón”. Esto significa que la razón es la guía última – el juez supremo- del ser humano. Que, por tanto, es preciso que el ser humano se atreva a pensar y no crea sino aquello que racionalmente (conforme a pruebas o razones) piense que puede creer. Renunciar al uso de la propia razón solo puede deberse a la inaceptable pereza o cobardía.

Emmanuel Kant, “¿Qué es la Ilustración”, en: Filosofía de la Historia, traducción de Eugenio Ímaz, FCE, Madrid, 2000
  • EL DOGMATISMO Y EL ESCEPTICISMO

Se trata de las dos manifestaciones extremas del espíritu crítico: su ausencia absoluta o su exageración. “Dogmatismo” es la actitud del que rechaza criticar sus propias creencias; “escepticismo” es la actitud del que critica hasta tal punto que concluye que no puede creer en nada. El dogmático cree, normalmente, más de lo que puede creer racionalmente; el escéptico, mucho menos.

Un dogmático, por serlo, jamás se criticará a sí mismo. En este sentido, su postura es irracional: la ausencia de crítica denota temor o desprecio por la razón. Con respecto al escepticismo, la mayor crítica que se le ha hecho es que se contradice a sí mismo: si se pretende saber que no podemos saber con certeza nada, ¿cómo puede acaso saberse que esto último es cierto?

Lucrecio, De la naturaleza de las cosas, introducción de Agustín García Calvo, traducción de Abate Marchena, Ediciones Orbis, Madrid, 1984, p. 256 (Libro IV, 470)

En resumen, si el dogmatismo es inadmisible porque conduce a creerlo todo o dejar de creerlo sin razón alguna, el escepticismo universal y radical parece insostenible. La crítica, en cambio, suele conducir a un escepticismo parcial: la pretensión dogmática de un saber universal y absoluto parece imposible de justificar.

En el siguiente tema vamos a seguir hablando del conocimiento, pero no de cualquier conocimiento sino del conocimiento científico. Si no quieres perderte nada, ¡continúa leyendo!

Actividades de comprensión de los apuntes:

  1. Según la distinción terminológica que hemos planteado en el tema estudiado, ¿qué significa conocer algo? ¿es lo mismo conocer que saber o pensar?
  2. Hemos afirmado en este tema que el conocimiento humano completo exige, al menos, una intuición y un concepto. Explica y desarrolla esta afirmación. Además: ¿por qué es importante que dispongamos de conceptos bien construidos?
  3. Explica con tus palabras qué papel juega la abstracción en el proceso de conocimiento.
  4. Desarrolla el problema del origen y los límites del conocimiento tal y como lo hemos estudiado en este tema (puedes usar la metáfora del filósofo Bacon acerca de las arañas, las hormigas y las abejas).
  5. Desarrolla la cuestión de los grados del conocimiento tal y como la hemos estudiado en este tema (opinión, creencia y conocimiento). Acompaña tu respuesta con ejemplos cercanos a tu experiencia relativos a cada grado del conocimiento.
  6. Procura determinar, examinando tus convicciones y tu actitud ante la vida, si eres partidario del dogmatismo, del escepticismo o del criticismo. Enriquece tu respuesta con ejemplos cercanos a tu experiencia.

¿Qué es la verdad? – Todo tiene un porqué, Televisión Pública, 30/05/2018